En esta vida loca, ¿Sabemos elegir?

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En algo menos de dos meses, dos noticias escalofriantes, de esas que te impactan, que te duelen aún tratándose de desconocidos, que te duelen por ser padre, que te duelen porque se trataba de un bebé indefenso y porque crees saber el dolor que estará pasando la familia, aunque eso sea en realidad inimaginable. Otro bebé olvidado en el coche.A raíz de estos hechos, cantidad de titulares en los que se habla de que nos olvidamos de lo importante. Muchos comentarios en Instagram con un denominador común, llevamos una vida loca: “vamos demasiado deprisa a todas partes”, “tenemos tantas cosas que hacer que se nos olvida lo importante”, “llevamos tantas cosas en la cabeza que lo automatizamos todo”.Y entonces, la solución a nuestros problemas. El dispositivo anti-olvido de niños.

No entraré a valorar el aparato en sí, entre otras cosas porque lo desconozco. Cualquier aparato que nos ayude a garantizar la seguridad de los pequeños de la casa será bienvenido pero, lo que realmente me ronda la cabeza y me inquieta hoy, es pensar que lleguemos a “necesitar” algo así. Hoy no puedo evitar pensar que la cosa se nos está yendo de las manos, que hay algo importante que se nos escapa.

¿No sería más sencillo reflexionar sobre el tipo de vida que llevamos, la cantidad de cosas que hacemos cada día y  el nivel de estrés al que nos sometemos, nuestro nivel de exigencia, nuestra capacidad de renuncia? Con franqueza, creo que una desgracia como la ocurrida podría pasarnos a cualquiera y deberíamos, como poco, reflexionar sobre ello.

Queremos llegar a tanto, disfrutar, tener, hacer tantas cosas y tan bien que hemos llegado a un callejón en el que nuestra elevada autoexigencia choca demasiado con nuestra capacidad de tolerar la frustración. Esto que tanto intentamos entrenar en nuestros hijos, ¿somos capaces de hacerlo nosotros?

Creo que está bien ser exigente con uno mismo, tener sueños, metas y transmitirlo así a nuestros hijos. Creo que también está bien que nada ni nadie nos obligue a renunciar a lo que queremos. Pero también creo que entre conseguir nuestros propósitos y el renunciar a ellos, se encuentra la capacidad de elegir, o la necesidad de elegir, porque aunque se nos olvide o no queramos verlo, tenemos una cabeza, dos manos y días de 24 horas. Pero nos cuesta elegir.

No queremos elegir, porque lo queremos todo.¿Por qué? ¿Qué es todo? ¿Realmente disfrutaríamos consiguiéndolo? ¿Cuándo se supone que lo tendremos? ¿Y, cuándo podremos empezar a disfrutarlo?

Obviando el hecho de que hay cosas que no está en nuestra mano decidir (tenemos que trabajar para comer y pagar la hipoteca o el alquiler, comer para estar sanos, tener a los niños escolarizados o dormir pocas horas cuando tenemos un bebé), casi el resto de las cosas que hacemos en el día las podemos elegir, aunque nos enfade no poder hacer todas las que quisiéramos.  El mensaje “tú puedes con todo” es un arma de doble filo, porque la realidad es que a veces no se puede y se nos olvida prepararnos para “no poder”. Al igual que nuestros hijos deben elegir X juguetes en su carta a los Reyes Magos o X caramelos porque no pueden llevarse la tienda entera y pretendemos que lo comprendan. 

Desde que soy madre entiendo eso que tanto oía a los mayores y no conseguía entender cuando era pequeña, “Qué rápido pasa el tiempo”. También he comprobado que me aburría y angustiaba un fin de semana sin planes y ahora echo de menos poder no hacer nada aunque sea media hora. Que me quejaba de dolor de espalda por dormir a mi bebé en brazos cada noche y cuando ahora algún día me dice que le doy calor mientras le leo un cuento llega la nostalgia.

Que, en definitiva, entre lo que deseo y lo que echo de menos el tiempo vuela, como tantas veces dice mi abuela. Y muchas veces, demasiadas, se me olvida disfrutar de lo que tengo, de lo que elijo y me enfado y me siento frustrada por las cosas a las que no llego, o las que no hago todo lo bien que me gustaría. Y mientras, mi hijo crece y a mi marido y a mi nos empiezan a salir canas.

Y luego llegan días como hoy, en los que entiendo que enfadarse y sentir frustración de vez en cuando es necesario. Porque elegir es difícil, pero tenemos que aprender a hacerlo, al igual que nuestros hijos. Y no siempre es fácil.

 

El mensaje, que entre tanta reflexión espero transmitir, es que podemos y debemos elegir. Que sólo tenemos que parar un momento y pensar, priorizar, relajarnos, enfadarnos, protestar, volver a calmarnos y elegir lo que queremos, para después buscar la manera de hacerlo y disfrutarlo. Y tenemos que aprender a normalizar que habrá días que estemos felices  y otros enfadados y frustrados, y es bueno que así sea, porque son nuestras emociones, todas son válidas y son las que nos llevarán a elegir, a tomar nuestras decisiones. A vivir.

 

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