Mi hijo no sabe defenderse ¿Cómo le ayudo?

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El Bullying es una de las mayores preocupaciones de los padres en la actualidad. Esta preocupación va en aumento cuando nuestro hijo no tiene facilidad para defenderse de las agresiones, verbales o físicas de otros niños. En muchos casos tendemos a delegar este asunto en el colegio porque creemos que tenemos poco que hacer en casa con nuestros hijos más allá de hablar con ellos y animarles a defenderse. Si bien es cierto que parte de la solución se encuentra en el trabajo en las aulas, los profesores no tienen el deber de educar a nuestros hijos. Hoy te cuento algunas estrategias que puedes utilizar para ayudar a tu hijo desde pequeño.

Nunca es demasiado pronto para luchar contra el acoso

Uno de los primeros errores que cometemos es pensar que son demasiado pequeños para tratar estos temas pero, en realidad, esos primeros empujones en el parque con dos añitos, ese quitar los juguetes de las manos, o los primeros insultos recibidos y la manera en que nuestros hijos se enfrentan a ellos pueden ser el inicio de un camino muy desagradable y nos indican que tenemos que ponernos a trabajar.

Trabaja su autoestima

La falta de autoestima es la base de muchos problemas psicológicos tanto en niños como en adultos. Trabajar en que tu hijo se valore a sí mismo, se sienta capaz, se respete a sí mismo y se quiera es fundamental. Por desgracia no es tan fácil.

Tenemos que confiar en sus capacidades, felicitarle por sus logros y animarle en sus fracasos. Más adelante dedicaremos un post completo a la autoestima dada su importancia.

“Una de las claves fundamentales para mejorar la autoestima de un niño reside no solo en decirle que puede, sino en creerlo nosotros.”

No evites siempre las situaciones conflictivas

Las personas vamos desarrollando nuestras estrategias para relacionarnos con el mundo desde niños. Ante una amenaza podemos luchar, huir o quedarnos paralizados y la decisión dependerá de la situación.

Supongamos para entenderlo que estamos en la cola del supermercado y alguien se nos quiere colar:

  • Si se trata de una persona de apariencia inofensiva, parece sensato pensar que lucharemos por nuestro puesto en la fila “perdone, pero estaba yo”.
  • Si se trata de una persona enorme y musculosa, que va armada, parece evidente que nuestro cuerpo nos pediría “no decir nada”, por si acaso, optando así por quedarnos paralizados.
  • Si se trata de la persona anterior y esta vez se dirige a nosotros levantando el arma y gritando con cara de pocos amigos, probablemente nos iríamos de allí, es decir, huiríamos.

Nuestras tres respuestas han sido adecuadas, podemos hablar de que hemos desarrollado algunas estrategias de defensa y las hemos utilizado de manera adecuada. El problema surgirá si tenemos una tendencia a huir o quedarnos paralizados cuando no hay un peligro real, es decir, con la persona inofensiva. O si luchamos independientemente de quien tengamos delante (cuando tenemos a alguien armado amenazándonos).

Todos tenemos una mayor tendencia a utilizar el mecanismo que mayor seguridad nos da o mejor nos ha funcionado según nuestra experiencia vital, pero puede ser problemático quedarnos anclados en uno de ellos como forma de respuesta general.

“Los niños tienen que aprender a hacer estas diferenciaciones y adaptar sus respuestas a las amenazas que se les presentan . Si se quedan en una de las respuestas por sistema, pueden desarrollar maneras desadaptativas de enfrentarse a la realidad en la edad adulta.”

Es ahí donde puedes intervenir y trabajar. Es muy frecuente que queramos evitar el sufrimiento de nuestros hijos y tendamos a evitar las situaciones que les incomodan (cambiar de parque, evitar al niño que le molesta…). También es frecuente el polo opuesto, obligar al niño a exponerse a aquello que le da miedo sin ningún tipo de ayuda. La solución está en el término medio, en buscar la zona en la que nuestros hijos pueden aprender.

Buscar la zona de aprendizaje

Las personas nos desenvolvemos habitualmente en tres zonas:

  • La zona de confort, aquella en la que nos sentimos a gusto, tenemos el control de lo que hacemos y nada nos incomoda.
  • La zona de aprendizaje, es aquella en la que aunque un poco incómodos, nerviosos o con algo de miedo, somos capaces de aprender a tolerar esa incomodidad y adaptarnos, haciendo así más grande la zona de confort. Es decir, conseguimos aprender que podemos superar y controlar algunas cosas que antes nos asustaban.
  • La zona de pánico, es aquella en la que se enciende la alarma de huida del peligro. Nuestra cabeza sólo es capaz de pensar en como salir de allí, no aprendemos nada porque solo podemos buscar ponernos a salvo.

 

Parece lógico pensar que lo deseable para que nuestros hijos aprendan es que se encuentren en esa “zona de aprendizaje”.

Por ejemplo,

Si a tu hijo de tres o cuatro años le disgusta ir al parque porque sabe que allí se va a encontrar con ese compañero del cole que es un poco “brutote”, que le pega o le hace sentir mal tienes tres alternativas.

  • No llevarle al parque y dejar que permanezca en la zona de confort, utilizando la huida como estrategia.
  • Acompañarle al parque asegurándole que seguro que habrá más niños con los que pasarlo bien y, sobre todo, que tu vas a estar allí por si te necesita. Es decir, situarle en la zona de aprendizaje y ofrecerle tu apoyo.
  • Ponerte demasiado autoritario, decirle que tiene que ir al parque y aprender a defenderse de ese niño. Es decir, llevarlo directo a la zona de pánico.

Obviamente, después de lo que hemos explicado, la opción aconsejable es la número dos.

“Tu hijo necesita practicar en ese terreno que le incomoda o le da miedo desde una posición segura, es decir, con tu apoyo.”

Y una vez dentro de la zona de aprendizaje, ¿cuál debe ser tu papel?

El de mediador, aquel que no es sobreprotector ni pasota. Parece sencillo, pero cuando nuestro hijo lo está pasando mal, es difícil reprimir las ganas de salir al rescate y también es sencillo pasar al lado opuesto, al “tienes que aprender a arreglártelas solo por tú bien”.

En ese momento lo deseable sería que los papás del niño que está pegando o tratando mal a los demás se encargaran de ayudar a su hijo a resolver las cosas de otro modo, pero no es muy habitual que esto pase y muchas veces estos papás simplemente miran hacia otro lado. Mejor no enfadarse y mantenerse en el papel de mediador.

“El papá mediador es el que anima a llegar a la zona de aprendizaje, observa como se desenvuelve su hijo en ella desde la distancia y, solo cuando ve señales de que el niño está a punto de pasar a la zona de pánico puede acercarse y preguntar ‘A ver chicos, ¿qué pasa?’ “

Actuar como mediador no consiste en defender a tu hijo, sobreprotegiéndole. Tampoco es reñir al niño que le está molestando, ya que así solo aprendería que si hay un problema estarán papá o mamá para solucionarlo. Se trata de parar los ataques con nuestra presencia y dar opción a que ambos se expliquen y tranquilicen y puedan ver que hay maneras alternativas a la violencia para solucionar un problema. 

 

 

No etiquetes a tu hijo

Puede que sea algo tímido, que no le guste la violencia o que le cueste decir no. Pero no le limites. Cuando ponemos a los niños una etiqueta, tendemos a tratarlos de esa manera inconscientemente, fomentando en muchos casos que esos rasgos se hagan más fuertes. Tu hijo tiene la capacidad de adaptarse y desarrollar muchas habilidades, algunas le costarán más que otras y obviamente su forma de ser hará el resto, pero no seas tú quien anule sus capacidades. Potencia al máximo sus fortalezas y ayúdale a entrenar sus debilidades respetando quién es y sus ritmos.

“Si crees que puede lograrlo, se sentirá capaz.”

Respeta cómo es

Que animemos a nuestros hijos y les acompañemos en aquellas cosas que les cuesta más trabajo hacer no implica que no respetemos cómo son o las fases por las que atraviesan. Si, por ejemplo, un niño es un poco tímido, debemos encontrar el punto de equilibrio entre animarle a exponerse a aquellas situaciones que le den vergüenza  y respetar lo que el niño esté dispuesto a tolerar (llevarlo a la zona de aprendizaje de la que hablamos antes).

“Es importante encontrar el equilibrio entre nuestras expectativas, lo que es bueno para nuestros hijos y el respeto a su individualidad.”

Presionarle en una dirección que no está dispuesto a seguir sólo empeorará las cosas.

Frases como “Tienes que defenderte“, “Pasa de ellos“, “Si te molestan te vas” “Pégales tu también“… sólo conseguirán que tu hijo se sienta presionado, afectará su autoestima al no sentirse capaz de hacer todas esas cosas (que además seguro que por su parte ya ha intentado) y debilitará su relación de confianza con vosotros como padres. Mejor buscar otras soluciones, y, si no sabemos qué hacer, pedir ayuda.

 

Chivarse no es malo

Uno de los grandes errores que cometemos con los niños es transmitirles la idea de que chivar es malo. Un niño que se chiva no hace otra cosa que denunciar una injusticia y está pidiendo ayuda. “Chivón“, “Chivato” o “Acusica” son un clásico de los insultos en los colegios, generalmente procedentes de aquellos niños que son conscientes de que han hecho algo mal. Admitir que chivar o acusar a un compañero es algo negativo, e incluso reprender al niño que se chiva, es un gravísimo error. ¿Queremos que nuestros hijos nos cuenten sus problemas? ¿Queremos que cuando no estemos presentes puedan contar a alguien que se ha cometido una injusticia? Entonces, animemos a ello.

“Cuando la sociedad adulta deje de ver el acto de “chivarse” como una cuestión de honor o lealtad mal entendidas y pasemos a verla como una petición de ayuda o de denuncia de la que nunca hay que avergonzarse, podremos transmitírselo a los niños.”

Los adultos nos chivamos a la Policía cuando un ladrón entra en nuestra casa y también si alguien nos agrede o roba por la calle. Nos chivamos a un Juez si creemos que nos han despedido injustamente de un trabajo, nos chivamos al Presidente de la comunidad de vecinos si existe un problema de convivencia. Paradójicamente nadie ve poco honorables o desleales estas situaciones, pero en cambio toleramos que un “Chivato” sea despreciado en el colegio por pedir ayuda. ¿Por qué permitimos que se ridiculice a los niños por ejercer un derecho que van a tener (y queremos que utilicen) cuando sean adultos?

 

Hasta aquí el post de hoy, la semana que viene hablaremos de la otra cara de la moneda, los niños que pegan.

Recordaros que todo lo leído es una actuación orientada a la prevención, que podéis ponerla en práctica desde las primeras interacciones de vuestros hijos con otros niños y que si encuentras muchas dificultades o ya existen problemas arraigados, quizá sea el momento de pedir ayuda profesional. No esperes a que el problema se haga más grande.

 

 

 

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